
Doblo en miles de pliegues los secretos de mi alma para guardarlos de tu infinito poder.
Hoy, te entrego las siempre soñadas y queridas ilusiones para que extiendas tu nevado manto sobre ellas. Guárdalas bajo dormida tierra, protégelas con tu gélido aliento y permite que hivernen hasta que la cálida brisa del amor las devuelva de nuevo a la vida.
No hieles las tristes y bellas pupilas que esta noche osan contemplarte; solo son los luceros de almas enamoradas.
No claves en las pobres súplicas que buscan su destino tus témpanos de miseria y dolor; déjalas marchar, ellas ya llenaron sus frágiles cuerpos de angustia.
No transformes en amarga decepción los rostros de los que hoy, en aterido gesto, esperan la caricia de tu invisible garra.
Acuna nuestros anhelos; haz sonar una bella nana con campanillas de cristal que, en acompasado movimiento, nos sumerja en tus adentros.
Déjanos descansar en suave y mullido lecho de nívea y blanca nieve bajo tu amorosa y atenta mirada.
Cúbrenos con esperado y deseado silencio; insufla paz en nuestras vidas; regálanos tu exclusiva e inigualable pureza que renueve nuestras almas y, en tu lenta y necesaria muerte, despiértanos a bocanadas de besos para poder brotar de nuevo al amor.