
Nunca soñé ser bella princesa en mágico cuento,
rescatar corazones perdidos en la jungla del amor.
Nunca me soñé soñando en cielo paradisíaco y eterno,
entonando suaves melodías de aterciopelada voz.
Ni el más leve de los jubilosos cantos llegaron a mis oídos,
ni tan siquiera el arcoíris se dignó a brillar por mí.
Yo tan solo quería ser pequeña hada del aire,
acariciar con mi diminuta varita los sentimientos más bellos,
traspasar el cálido velo de un beso,
transformarlo en fragante flor.
No existe claridad ni opaca penumbra que no haya besado mi rostro cansado,
no se inventó la mañana que no derrochara amargas gotas de rocío,
no existe la cálida paz allí donde mis pasos me llevan,
no espera tras la angustia la luz de una sincera mirada.
Perdida estoy, vagando entre inmundicia humana,
rebuscando entre deshechos que a nadie importan
los fragmentos olvidados de besos rotos,
ilusiones ignoradas por princesas sin alma,
caricias hechas añicos que no llegaron a nacer.
Busco sus deseos, la belleza que él admira,
los sonidos de las risas que a su vida acompaña,
la inocencia de unos ojos vírgenes de pena y dolor.
Busco el latido de su corazón para acompasarlo al mío,
rozo con contenida emoción el camino de sus dedos,
me sumerjo en el rastro de su aroma,
me alimento del aliento que su huérfano suspiro da por perdido.
Se acaba el tiempo, las noches, los días,
no se creó aún la magia para el cruel dolor del alma,
no regalan la eternidad, ni la ilusión de una mirada,
no la receta de un tierno beso en la noche,
no existe la senda que me regrese a la nada,
al olvido de unos brillantes ojos, de una suave piel.
No quiero ser hada, no quiero ser nada,
no deseo alcanzar los lejanos luceros que se burlan de mí.
Yo solo quería ser luz en su sueño, soñar que me soñaban,
tararear la melodía inventada de mi vida,
descansar entre su sonrisa y sus lágrimas,
ser dulce recuerdo en su azulado mar.
Y, al final, nunca soñé.
rescatar corazones perdidos en la jungla del amor.
Nunca me soñé soñando en cielo paradisíaco y eterno,
entonando suaves melodías de aterciopelada voz.
Ni el más leve de los jubilosos cantos llegaron a mis oídos,
ni tan siquiera el arcoíris se dignó a brillar por mí.
Yo tan solo quería ser pequeña hada del aire,
acariciar con mi diminuta varita los sentimientos más bellos,
traspasar el cálido velo de un beso,
transformarlo en fragante flor.
No existe claridad ni opaca penumbra que no haya besado mi rostro cansado,
no se inventó la mañana que no derrochara amargas gotas de rocío,
no existe la cálida paz allí donde mis pasos me llevan,
no espera tras la angustia la luz de una sincera mirada.
Perdida estoy, vagando entre inmundicia humana,
rebuscando entre deshechos que a nadie importan
los fragmentos olvidados de besos rotos,
ilusiones ignoradas por princesas sin alma,
caricias hechas añicos que no llegaron a nacer.
Busco sus deseos, la belleza que él admira,
los sonidos de las risas que a su vida acompaña,
la inocencia de unos ojos vírgenes de pena y dolor.
Busco el latido de su corazón para acompasarlo al mío,
rozo con contenida emoción el camino de sus dedos,
me sumerjo en el rastro de su aroma,
me alimento del aliento que su huérfano suspiro da por perdido.
Se acaba el tiempo, las noches, los días,
no se creó aún la magia para el cruel dolor del alma,
no regalan la eternidad, ni la ilusión de una mirada,
no la receta de un tierno beso en la noche,
no existe la senda que me regrese a la nada,
al olvido de unos brillantes ojos, de una suave piel.
No quiero ser hada, no quiero ser nada,
no deseo alcanzar los lejanos luceros que se burlan de mí.
Yo solo quería ser luz en su sueño, soñar que me soñaban,
tararear la melodía inventada de mi vida,
descansar entre su sonrisa y sus lágrimas,
ser dulce recuerdo en su azulado mar.
Y, al final, nunca soñé.