
Hace algunos años, cuando el quehacer diario me llevaba por sierras lejanas, perdidas entre curvas de asfalto y nubes de algodón que rozaban la piel, sentía el poder de la tierra, de paisajes vírgenes que invitaban a una larga parada para saciarme de aire puro, limpio y disfrutar de colores inimaginables, allá arriba en las cumbres.
El campo era "mío"; sus encinas, matorrales ,y los pequeños animales campaban a sus anchas-con libertad merecida-entre pequeños surcos de plata que refrescaban y daban eterna vida a un, ya de por sí, terreno virgen.
Eran días de lujosos amaneceres, en los que el nuevo sol saludaba a los aún dormidos árboles, bañando poco a poco con su mágica luz las maravillas de la naturaleza, desconocidas para mí.
Días de espesa niebla que bañaba de magia los plateados olivos, derramando con gracia sobre ellos esperpénticas sombras que a mi paso saludaban.

Tardes de oscuros presagios, de atormentados cielos que se cernían como monstruos sobre mí, descargando su furia como solo a los dioses les está permitido. Tardes de oración contenida, en silencio, pidiendo clemencia ante tal poder destructivo. Pequeña mota de polvo ante la inmensidad y la grandiosidad del "todo".
Tantos años recorriendo sus caminos, llenando el asfalto de sonidos y canciones en la soledad de un pequeño "utilitario"; mi buen amigo.
...Y ahora los añoro; anhelo los bellos parajes, los pequeños seres que, con asombro, asomaban las diminutas cabezas para saludarme al pasar,la explosión de colorido que cada estación me ofrecía, tan diferentes, tan únicas; paisajes tan peculiares y, sin embargo, tan bellos e irrepetibles; sus especiales aromas, los sinuosos recorridos...
Añoro el camino o quizás son los años ya pasados los que me llaman desde la eternidad de la juventud.
No lo sé; en todo caso, prometo volver.








